Es de la única efeméride astronómica de la que se habla en estos días: el eclipse solar total del 12 de agosto. Hay una fascinación generalizada y unas ganas locas de observarlo desde una buena localización. Sobre la traza del eclipse no deben quedar plazas de hotel, habitaciones en casas rurales o parcelas de camping libres para dicha fecha, tal es el frenesí que ha despertado un fenómeno de cuyo significado profundo nadie parece tener ni la más mínima idea. Y quizás por la misma ignorancia supina, casi nadie habla del próximo solsticio de verano, como si no importara o fuese un acontecimiento de segunda.
Sí, casi nadie entiende ya nada de nada. Si saliéramos a la calle e hiciésemos una encuesta sobre las razones por las que interesa tanto presenciar el eclipse, seguro que abundarían las respuestas del tipo “es el primero del siglo XXI”, “mis amigos me han invitado a verlo”, “es una curiosidad interesante”, “será guay”, etc., motivos que para los encuestados son más que suficientes para librarse desinhibidamente a la contemplación de este “bello espectáculo de la naturaleza”.
Pero un eclipse total de Sol es un símbolo de la aniquilación de la luz y del advenimiento de las tinieblas, como de hecho puede entender cualquier persona que tenga un mínimo de inteligencia. Y la luz es el principio de la vida y la existencia universal. Con el fiat lux de la tradición judeocristiana -y sus análogos de las cosmogonías de las distintas tradiciones del mundo- se da paso al cosmos a partir del caos, por lo que jalear la abolición de la luz es, simbólicamente, sumarse a las fuerzas disolventes de lo creado y acelerar la ya de por sí veloz caída del ciclo cósmico en que vive nuestra humanidad, el funesto Kali yuga de los hindúes y la temible Edad de hierro de los griegos. Da igual que sea por un ratito; en el ámbito de lo sutil, el gesto simbólico, el rito y su intención es lo que cuenta.
Federico González Frías, en la entrada “Eclipse” de su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, dice que “si los antiguos viviesen estarían atónitos ante la levedad con que se tratan los eclipses actualmente”. Ellos se esconderían en sus casas “como hacían todos los pueblos europeos y precolombinos y otros descendientes de los atlantes”, los cuales, “llegado este momento preciso (de dos horas de duración) se cubrían con sus capas o ponchos y allí emitiendo todo tipo de sonidos espantosos trataban de ahuyentar aquello que había dejado el eclipse”, escorias que vienen a opacar la luz como las qelippot de la Cábala y de las que nada bueno puede esperarse. Concluye su entrada Federico con una advertencia y un consejo que haríamos muy en seguir: “Muy peligroso el eclipse. Se necesita ir con cuidado y posponer toda cita o encuentro en esas horas”.
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El solsticio de verano de 2026 (de invierno en el hemisferio sur) comenzará el próximo 21 de junio a las 10 horas y 24 minutos de hora oficial peninsular según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional. La estación estival durará aproximadamente 93 días y 16 horas, y concluirá el 23 de septiembre con el equinoccio de otoño.
A comienzos del verano, tras la puesta del Sol, serán visibles Mercurio (sólo en junio y donde haya condiciones óptimas para su observación), Venus y Júpiter. Mercurio reaparecerá a comienzos de setiembre mientras que Júpiter desaparecerá hacia mediados de julio.
Al alba podremos contemplar a Marte y Saturno. Júpiter será visible desde mediados de agosto, mientras que Mercurio podrá ser observado entre finales de julio y finales de agosto.
El eclipse total de Sol del 12 de agosto afectará al Ártico, Groenlandia, Islandia, el norte del océano Atlántico y por la tarde, poco antes de la puesta, a España. Además, el 28 de agosto habrá un eclipse parcial de Luna que afectará a América, Europa y África. En España, la Luna se pondrá antes del final del eclipse.

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