miércoles, 17 de junio de 2026

Sólo se habla del eclipse de sol

Es de la única efeméride astronómica de la que se habla en estos días: el eclipse solar total del 12 de agosto. Hay una fascinación generalizada y unas ganas locas de observarlo desde una buena localización. Sobre la traza del eclipse no deben quedar plazas de hotel, habitaciones en casas rurales o parcelas de camping libres para dicha fecha, tal es el frenesí que ha despertado un fenómeno de cuyo significado profundo nadie parece tener ni la más mínima idea. Y quizás por la misma ignorancia supina, casi nadie habla del próximo solsticio de verano, como si no importara o fuese un acontecimiento de segunda.

Sí, casi nadie entiende ya nada de nada. Si saliéramos a la calle e hiciésemos una encuesta sobre las razones por las que interesa tanto presenciar el eclipse, seguro que abundarían las respuestas del tipo “es el primero del siglo XXI”, “mis amigos me han invitado a verlo”, “es una curiosidad interesante”, “será guay”, etc., motivos que para los encuestados son más que suficientes para librarse desinhibidamente a la contemplación de este “bello espectáculo de la naturaleza”.

Pero un eclipse total de Sol es un símbolo de la aniquilación de la luz y del advenimiento de las tinieblas, como de hecho puede entender cualquier persona que tenga un mínimo de inteligencia. Y la luz es el principio de la vida y la existencia universal. Con el fiat lux de la tradición judeocristiana -y sus análogos de las cosmogonías de las distintas tradiciones del mundo- se da paso al cosmos a partir del caos, por lo que jalear la abolición de la luz es, simbólicamente, sumarse a las fuerzas disolventes de lo creado y acelerar la ya de por sí veloz caída del ciclo cósmico en que vive nuestra humanidad, el funesto Kali yuga de los hindúes y la temible Edad de hierro de los griegos. Da igual que sea por un ratito; en el ámbito de lo sutil, el gesto simbólico, el rito y su intención es lo que cuenta.

Federico González Frías, en la entrada “Eclipse” de su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, dice que “si los antiguos viviesen estarían atónitos ante la levedad con que se tratan los eclipses actualmente”. Ellos se esconderían en sus casas “como hacían todos los pueblos europeos y precolombinos y otros descendientes de los atlantes”, los cuales, “llegado este momento preciso (de dos horas de duración) se cubrían con sus capas o ponchos y allí emitiendo todo tipo de sonidos espantosos trataban de ahuyentar aquello que había dejado el eclipse”, escorias que vienen a opacar la luz como las qelippot de la Cábala y de las que nada bueno puede esperarse. Concluye su entrada Federico con una advertencia y un consejo que haríamos muy bien en seguir: “Muy peligroso el eclipse. Se necesita ir con cuidado y posponer toda cita o encuentro en esas horas”.

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El solsticio de verano de 2026 (de invierno en el hemisferio sur) comenzará el próximo 21 de junio a las 10 horas y 24 minutos de hora oficial peninsular según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional. La estación estival durará aproximadamente 93 días y 16 horas, y concluirá el 23 de septiembre con el equinoccio de otoño.

A comienzos del verano, tras la puesta del Sol, serán visibles Mercurio (sólo en junio y donde haya condiciones óptimas para su observación), Venus y Júpiter.  Mercurio reaparecerá a comienzos de setiembre mientras que Júpiter desaparecerá hacia mediados de julio.

Al alba podremos contemplar a Marte y Saturno. Júpiter será visible desde mediados de agosto, mientras que Mercurio podrá ser observado entre finales de julio y finales de agosto.

El eclipse total de Sol del 12 de agosto afectará al Ártico, Groenlandia, Islandia, el norte del océano Atlántico y por la tarde, poco antes de la puesta, a España. Además, el 28 de agosto habrá un eclipse parcial de Luna que afectará a América, Europa y África. En España, la Luna se pondrá antes del final del eclipse.


Páginas centrales del libro Sol, solet, de Els Comediants


lunes, 16 de marzo de 2026

Podar para crecer

Quien tiene a su cargo un campo, un jardín, un parterre o una simple maceta sabe que para que las plantas crezcan sanas, fuertes y bellas hay que podarlas en determinadas ocasiones.  El tran-tran y el más de lo mismo no se dan en el mundo vegetal; hay momentos en que agentes naturales como la lluvia intensa, el viento fuerte, los rayos o el fuego, o bien la acción del agricultor o el jardinero, imponen el aligeramiento de lo que es superfluo o incluso perjudicial para la supervivencia y la renovación. A veces, la planta ya había dado todo lo que podía dar de sí y sucumbe al gesto riguroso; pero en otras ocasiones, cuando su salud es buena y tiene vida por delante, la poda significa el preludio de una nueva oportunidad de magnificencia. Claro está, siempre que ésta se realice con inteligencia, a saber, con un corte limpio y en la dirección adecuada para que el agua no se encharque en la herida, dejando yemas que sean susceptibles de brotar y, quizás lo más importante, llevándola a cabo en el momento adecuado del ciclo (por lo general, antes de la primavera para poder aprovechar la subida de la savia).

Todo lo que nos enseñan las artes de la agricultura y la jardinería tiene una dimensión simbólica que a uno no le pasa desapercibido. También hay momentos en nuestra vida en que toca podar, y es bueno saber advertirlo. Puede que uno no se dé cuenta y que sea un amigo o un compañero quien nos haga caer en la cuenta de que seguir con la misma cantinela no lleva a ninguna parte y de que hemos de desposeernos de determinadas cosas, atributos o actitudes con toda la energía que sea necesaria para no irnos debilitando. O sea, podar lo que haya que podar para poder vivir con plenitud conforme a nuestro deseo y al compromiso que un día contrajimos con nosotros mismos. Como ya hemos recordado en alguna ocasión, los alquimistas dicen que la primavera es un tiempo propicio para el inicio de la Gran Obra de transmutación.

Brotes primaverales de un granado podado
 
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Según el Observatorio Astronómico Nacional, el equinoccio de primavera (de otoño en el hemisferio austral) de 2026 tendrá lugar el día 20 de marzo a las 15 horas y 46 minutos de hora oficial peninsular. La estación durará aproximadamente 92 días y 18 horas, y terminará el 21 de junio con el solsticio de verano.

Venus y Júpiter serán visibles en el cielo primaveral tras la puesta de sol. Igualmente, Mercurio podrá ser observado en el cielo vespertino a partir de finales de mayo, pero sólo en los lugares donde el horizonte oeste sea llano y tenga poca contaminación lumínica.

En los amaneceres de primavera, Mercurio será visible (en este caso sobre el horizonte este, con las limitaciones ya mencionadas) hasta comienzos de mayo. A primeros de abril aparecerá Marte, y Saturno lo hará a mediados del mismo mes.

Durante la primavera de 2026 no se producirá ningún eclipse.