Quien tiene a su cargo un campo, un jardín, un parterre o una simple maceta sabe que para que las plantas crezcan sanas, fuertes y bellas hay que podarlas en determinadas ocasiones. El tran-tran y el más de lo mismo no se dan en el mundo vegetal; hay momentos en que agentes naturales como la lluvia intensa, el viento fuerte, los rayos o el fuego, o bien la acción del agricultor o el jardinero, imponen el aligeramiento de lo que es superfluo o incluso perjudicial para la supervivencia y la renovación. A veces, la planta ya había dado todo lo que podía dar de sí y sucumbe al gesto riguroso; pero en otras ocasiones, cuando su salud es buena y tiene vida por delante, la poda significa el preludio de una nueva oportunidad de magnificencia. Claro está, siempre que ésta se realice con inteligencia, a saber, con un corte limpio y en la dirección adecuada para que el agua no se encharque en la herida, dejando yemas que sean susceptibles de brotar y, quizás lo más importante, llevándola a cabo en el momento adecuado del ciclo (por lo general, antes de la primavera para poder aprovechar la subida de la savia).
Todo lo que nos enseñan las artes de la agricultura y la jardinería tiene una dimensión simbólica que a uno no le pasa desapercibido. También hay momentos en nuestra vida en que toca podar, y es bueno saber advertirlo. Puede que uno no se dé cuenta y que sea un amigo o un compañero quien nos haga caer en la cuenta de que seguir con la misma cantinela no lleva a ninguna parte y de que hemos de desposeernos de determinadas cosas, atributos o actitudes con toda la energía que sea necesaria para no irnos debilitando. O sea, podar lo que haya que podar para poder vivir con plenitud conforme a nuestro deseo y al compromiso que un día contrajimos con nosotros mismos. Como ya hemos recordado en alguna ocasión, los alquimistas dicen que la primavera es un tiempo propicio para el inicio de la Gran Obra de transmutación.
Según el Observatorio Astronómico Nacional, el equinoccio de primavera (de otoño en el hemisferio austral) de 2026 tendrá lugar el día 20 de marzo a las 15 horas y 46 minutos de hora oficial peninsular. La estación durará aproximadamente 92 días y 18 horas, y terminará el 21 de junio con el solsticio de verano.
Venus y Júpiter serán visibles en el cielo primaveral tras la puesta de sol. Igualmente, Mercurio podrá ser observado en el cielo vespertino a partir de finales de mayo, pero sólo en los lugares donde el horizonte oeste sea llano y tenga poca contaminación lumínica.
En los amaneceres de primavera, Mercurio será visible (en este caso sobre el horizonte este, con las limitaciones ya mencionadas) hasta comienzos de mayo. A primeros de abril aparecerá Marte, y Saturno lo hará a mediados del mismo mes.
Durante la primavera de 2026 no se producirá ningún eclipse.

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