viernes, 22 de septiembre de 2017

En el equinoccio de otoño 2017

El equinoccio ya está aquí. Es 22 de septiembre y el sol acaba de cruzar el ecuador celeste a toda velocidad (concretamente, a las 22 horas y 2 minutos de hora oficial peninsular) para dar comienzo a una etapa del año en que la oscuridad va a señorear más y más en el hemisferio boreal. Un otoño que va a durar 89 días y 20 horas y que concluirá el 21 de diciembre con el solsticio de invierno.

Al caer la noche vamos a seguir viendo a Júpiter como durante el verano, pero sólo al principio de la estación; de ahí en más será Saturno el único planeta que podremos distinguir en el cielo tras ponerse el sol, y aun dificultosamente cuando llegue el mes de diciembre. En el crepúsculo matutino reinará el rojo Marte, con un orto cada vez más temprano, y un brillantísimo Venus (Júpiter se les sumará con su fulgor en noviembre). Marte y Venus se hallarán en una conjunción extraordinaria durante toda la primera semana de octubre, y Venus y Júpiter se encontrarán a menos de tres décimas de grado el día 13 de noviembre. No se producirá ningún eclipse durante esta estación.

Quien escribe estas líneas percibe hoy de una manera especialmente nítida la concordancia de todo lo que le acontece y sucede a su alrededor con las pautas y ritmos que se describen en el cielo. Aquí y en lo alto, la oscuridad gana terreno a marchas forzadas; pero al mismo tiempo, la belleza se revela de una manera esplendorosa ante quien la contempla maravillado desde un punto que, justamente hoy, es vértice de un ángulo recto, el que forman el eje polar y la línea que une los centros del sol y la tierra. Alguien que en este equinoccio vibra calladamente con la vivencia de lo que lo libera.


El sol del equinoccio en el templo de Neptuno (Paestum, Italia)


domingo, 18 de junio de 2017

Solsticio de verano 2017

Según el Observatorio Astronómico Nacional, el solsticio de verano (de invierno en el hemisferio austral) tendrá lugar el 21 de junio a las 6h 24m de hora oficial peninsular. La estación durará 93 días y 15 horas, y terminará el 22 de septiembre con el equinoccio de otoño.

Culmina, pues, el ascenso del Sol en la caja cósmica abovedada pero la obra no concluye con este clímax. Hay mucho trabajo por hacer aún para llevar a los frutos a su maduración y de ello van a tener que seguir ocupándose los dioses que atienden a este proceso tan delicado, Gea-la Tierra la primera, y por supuesto los agricultores junto a ellos. Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles; pero si los trabajadores no acuden al tajo, oran y laboran, aquí no se yergue construcción alguna. El Destino es obra de una sociedad mixta entre la Providencia y la Voluntad…
“O sea, que habiendo puesto nuestra Voluntad (libre albedrío) al servicio de la Providencia -interviniendo en ello la fe- accedemos a un Destino que ha sido nuestra necesidad. Pero una vez que comprendemos ese Destino, es cuando se traduce en términos de Voluntad -a ese Destino- y éste es capaz de llevarnos nuevamente a su fuente inspiradora, es decir a la Providencia Divina -que lo es todo-, y ser absorbidos por su Inteligencia, en íntimo contacto con su Sabiduría.”
(Federico González, Carta al Lector. SYMBOLOS, 31-32, Barcelona, 2007)
 Elías y el carro de fuego. Manuscrito hacia 1430, Biblioteca Nacional de Holanda.  


Venus señoreará como lucero del alba desde unas pocas horas antes del orto solar. A Júpiter lo observaremos durante la primera mitad de la noche -cada día algo menos-, mientras que Saturno estará a la vista hasta entrada la madrugada. Marte volverá a escena a principios de septiembre por el horizonte este, siendo visible en las horas crepusculares del comienzo del día. En cuanto al ágil y escurridizo Mercurio, las mejores condiciones para verlo se darán durante la la tercera semana de julio (en la tarde-noche) y a mediados de septiembre (al amanecer).

Durante el verano de 2017 se producirán dos eclipses. Entre las 19h 23m y las 21h 18m (hora peninsular) del día 7 de agosto habrá un eclipse parcial de Luna que será visible en Australia, Asia, África y Europa, y el 21 de agosto a las 20h 46m (id.) dará comienzo un eclipse parcial de Sol que afectará a América, África y Europa.

La noche del 12 al 13 de agosto nos obsequiará con las “lágrimas de San Lorenzo”, la lluvia de las estrellas Perseidas, aunque el brillo de la Luna dificultará algo su visión. Lo mejor es intentar observarlas al principio de la noche, mirando ligeramente al este de la característica “W” de Casiopea.

domingo, 11 de junio de 2017

Cabellera de Berenice

Eratóstenes dice que el grupo de siete débiles estrellas que forman un triángulo por encima de la cola de Leo es llamado Cabellera de Berenice. Esta denominación, que le fue dada al parecer por el astrónomo Conón de Samos, alude a la virtuosa esposa del faraón Ptolomeo III Evérgetes en cuyo honor el poeta Calímaco compuso una elegía con el mismo nombre. El poema cuenta que Berenice realizó un voto de que si su marido regresaba victorioso de una campaña en Asia se cortaría la cabellera y la ofrecería a Venus, y que tras cumplir su promesa los cabellos de la reina fueron fijados por la diosa en la bóveda celeste.

La Cabellera de Berenice junto a las constelaciones del Boyero y los Lebreles.
La cola de Leo asoma por la esquina inferior derecha.
Johann Ehlert Bode, Berlin, 1805

Cornelius menciona una asociación más tardía de esta constelación con el mito de los amantes Píramo y Tisbe que Ovidio narra en el libro IV de sus Metamorfosis. Los jóvenes Píramo y Tisbe vivían en Babilonia, en dos casas adosadas. Los padres de ambos habían prohibido su relación pero ellos burlaban el veto hablando a escondidas a través de una rendija del muro que los separaba. Un día resuelven escaparse para reunirse secretamente al pie de una morera que crecía junto al sepulcro del fundador de la ciudad, en un lugar allende sus límites. Tisbe llega primero, mas enseguida ve acercarse a una leona y huye, atemorizada, a ocultarse en una cueva perdiendo su velo en la carrera. La leona husmea el velo con su hocico ensangrentado y lo destroza. Poco después es Píramo quien llega al punto convenido; no habiendo encontrado a Tisbe, sigue el rastro de sus huellas y acaba dando con el velo hecho jirones y manchado de sangre. Desesperado al pensar que Tisbe ha muerto, hunde su espada en su pecho tiñendo con sangre las moras del árbol cuya sombra había de acoger el abrazo de los jóvenes. Llega entonces Tisbe y halla a su amante moribundo. Píramo la mira, cierra los ojos y expira; y Tisbe toma su espada, la apunta contra sí y se lanza sobre el metal muriendo cruentamente. Según esta tradición astrológica, la Cabellera de Berenice sería el catasterismo del velo hecho jirones y manchado de sangre de Tisbe, que Zeus-Júpiter elevó a los cielos “para que los padres recordaran que no debían interferir en el amor de los jóvenes”.

Pero la pequeña constelación tiene una significación aún más alta, pues ella alberga al Polo norte de nuestra galaxia, el ápice septentrional de un eje en torno al cual la Vía Láctea gira en sentido horario con un período de unos 225 millones de años. Es este, pues, un polo de polos, y por lo tanto un símbolo que transmite la idea de un Centro Inmutable que se espeja en todos los centros -uno de ellos, el polo galáctico- y vertebra un “collar cósmico” de ruedas como el que describe el profeta Ezequiel en su visión:
“Miré entonces a los seres y vi que había una rueda en el suelo, al lado de ellos, de los cuatro. El aspecto de las ruedas era como el fulgor del crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una rueda estuviese dentro de la otra. Avanzaban en las cuatro direcciones y no se volvían en su marcha. Su circunferencia parecía de gran diámetro, mientras yo las miraba, y las llantas de las cuatro estaban llenas de ojos, todo alrededor. Y cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas. Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu de los seres estaba en las ruedas. Cuando avanzaban ellos, avanzaban ellas, cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban del suelo, las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu de los seres estaba en las ruedas. Y sobre las cabezas de los seres había una especie de bóveda resplandeciente como el cristal, extendida por encima de sus cabezas, y bajo la bóveda sus alas estaban rectas, una paralela a la otra; cada uno tenía dos que le cubrían el cuerpo. 
Y oí el ruido de sus alas, como un ruido de grandes aguas, como la voz de Sadday, mientras caminaba; ruido de multitud, como ruido de batalla; cuando se pararon, replegaron sus alas, y se produjo un ruido.
Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había algo como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono, por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana. Vi luego como el fulgor del electro, algo como un fuego que formaba una envoltura, todo alrededor, desde lo que parecía ser sus caderas para arriba; y desde lo que parecía ser sus caderas para abajo, vi algo así como fuego que producía un resplandor en torno, semejante al arco iris que aparece en las nubes los días de lluvia: tal era este resplandor, todo en torno. Era algo como el aspecto de la forma de la gloria de Yahveh. A su vista yo caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.” (Ez, 1, 15-28)

sábado, 10 de junio de 2017

Libra y Escorpio

Los griegos denominaban “Pinzas” al conjunto de estrellas que integran la constelación de Libra porque veían dicho asterismo como las extremidades de un enorme escorpión que ocupaba dos signos zodiacales, el de las Pinzas y el de Escorpio. Fue en la época de Julio César cuando Libra recibió el nombre con el que ha llegado a nuestros días, recuperando así el significado que se le había atribuido en la antigua Mesopotamia (allí era llamada Balanza). Una razón que posiblemente influyó en la denominación que le dieron los romanos es el hecho de que, en el siglo I a.C., la llegada del Sol a la constelación coincidía sensiblemente con el equinoccio de otoño (primavera en el hemisferio austral), momento del año en que el día y la noche equilibran su duración. La báscula de Libra era un atributo de la diosa Astraea, diosa de la justicia análoga a la griega Diké y relacionada, como ya vimos, con la vecina Virgo.

Escorpio y Libra.
Cayo Julio Higino, Poeticon Astronomicon. Edición veneciana de 1485


El mito que evoca la constelación de Escorpio es el del animal que dio muerte al cazador Orión. Higino lo narra del siguiente modo: “Cierto día que Orión estaba cazando, y en esa práctica se consideraba muy instruido, dijo a Diana y a Latona que él podría matar todo lo que naciera de la Tierra. Por ese motivo, la Tierra, indignada, envió un escorpión para matarlo. Júpiter, admirado por el valor de ambos, colocó el escorpión en el cielo, para que su imagen advirtiera a los hombres de que nadie confiara en sí mismo bajo ningún concepto. En cuanto a Diana, gracias al empeño de Orión, pidió a Júpiter que, ante su demanda, le concediera el mismo beneficio que por voluntad propia le había concedido a la Tierra. Así pues, quedó también representado en el cielo, de modo que cuando surgía el Escorpión, Orión se ponía”.

La estrella más brillante de Escorpio, la roja y muy brillante Antares (=“rival de Ares”), es también llamada Cor Scorpii, “corazón del escorpión”.

Cornelius cita una tradición maorí según la cual Escorpio representa el anzuelo del héroe Maui. “Un día, cuando estaba pescando, Maui capturó y sacó del agua un pedazo de tierra. Los bordes de este fragmento de tierra se serraron y llegaron a tener entradas tan profundas que se partió en dos. Y así fue como se creó Nueva Zelanda. El anzuelo se separó de la tierra con tanta fuerza que voló hasta el cielo donde ha permanecido desde entonces.”

lunes, 5 de junio de 2017

Virgo

Según Eratóstenes, esta constelación es una imagen de Diké, “Justicia”, de quien Hesíodo nos dice que es hija de Zeus y de la titánide Temis, la madre de las estaciones y profetisa heredera del oráculo de Delfos -legado por su progenitora Gea- generaciones antes de que éste fuera entregado al olímpico Apolo. Son hermanas de Diké las Horas, diosas del orden del universo, Eunomia (etimológicamente “la buena Ley”) e Irene (“aquella que trae la Paz”).

Arato cuenta sobre Diké que “antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente; el peligroso mar quedaba a un lado, y las naves no iban lejos a buscar el sustento, sino que los bueyes, el arado y ella misma, la Justicia soberana de pueblos, suministraba todo abundantemente, ella, la dispensadora de bienes legítimos. Esto duró mientras la Tierra aún alimentaba a la raza de oro. Mas con la de plata, poco y de mala gana se relacionaba, pues echaba de menos la manera de ser de los pueblos antiguos. Pero a pesar de ello, todavía estaba presente durante la edad de plata: al atardecer descendía de los montes rumorosos, solitaria, y no se comunicaba con nadie con palabras amables, sino que cuando había cubierto de hombres inmensas colinas, los increpaba entonces censurando su perversidad, y decía que ya no vendría más a la presencia de quienes la llamaran: ‘¡Cuán degenerada descendencia dejaron vuestros padres de la edad de oro! Pero vosotros engendraréis unos descendientes peores todavía. Entonces ocurrirá que habrá guerras y, de cierto, también muertes impías entre los hombres: el dolor caerá sobre sus faltas’. Después de hablar así, se encaminaba de nuevo a las montañas y abandonaba a todas aquellas gentes que la seguían todavía con la mirada. Pero cuando aquéllos murieron, nacieron éstos, la raza de bronce, hombres aún más perversos que los anteriores, los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos, los primeros que comieron la carne de los bueyes de labor. Entonces la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo; y a continuación habitó esta región donde de noche aparece todavía a los mortales como la Virgen, cerca del esplendente Boyero.”

La constelación de Virgo también ha sido relacionada con Deméter (la estrella más brillante del asterismo lleva el nombre de Spica y se figura como el tallo o el ápice de una espiga que la virgen sostiene con la mano), con Isis y con Atárgatis, diosa siria de la fertilidad y protectora de los ciudadanos. Los babilonios asociaron a Virgo con la diosa Ishtar, vinculada asimismo con el planeta Venus. Los fenicios la llamaban Astarté y antiguas crónicas medievales la relacionan con la diosa sajona de la fertilidad Eostre, de cuyo nombre deriva la voz con la que se denomina a la Pascua en inglés (Easter). En la India, Virgo era conocida como Kanya, madre del dios Krishna, y se la representaba como una deidad sentada ante una fogata.

Detalle de la bóveda de la antigua Biblioteca Universitaria de Salamanca.
Obra de Fernando Gallego (s. XV)

Acerca de Leo

En el hemisferio norte, Leo es una de las constelaciones zodiacales más evidentes en las noches de primavera. Eratóstenes se hace eco de la tradición según la cual Leo testimonia el primer trabajo de Hércules-Heracles. Euristeo, rey de Micenas y Tirinto a quien Heracles sirve por designio del oráculo de Delfos, le pide la piel del león de Nemea, un animal feroz e invulnerable. El héroe viaja a la comarca en que habita el león y tras dar con él, intenta matarlo con su arco; pero las flechas rebotan en su dura piel. Heracles lo persigue blandiendo su maza de olivo y consigue golpear su frente. La fiera, aturdida, corre a refugiarse en una cueva con dos entradas; astutamente, Heracles tapona uno de los accesos y penetra por el otro. Acorrala al león, salta sobre él y, cogiéndolo por el cuello, lo estrangula con sus manos. Tras su victoria, ofrece un sacrificio a Zeus y transporta al león a cuestas hasta Micenas, donde consigue despellejarlo con las propias garras del felino. Heracles conserva la piel para sí y la usa en adelante como una armadura impenetrable para defenderse de sus enemigos.

Cuando el Sol recorre el signo de Leo se alcanza el punto más álgido del verano. Arato recuerda que en Grecia era una época favorable para la navegación a vela por los vientos etesios (=anuales), procedentes del norte-noroeste. En Egipto era el tiempo de la crecida del Nilo, y a este respecto Cornelius y Devereux apuntan que las compuertas de los canales que irrigaban el valle del Nilo solían estar decoradas con la cabeza de un león, sugiriendo que esta es la razón por la que resulta tan frecuente el motivo de la cabeza de león en los surtidores de la arquitectura griega y romana.

Los persas consideraban que Régulo, el brillante corazón del león, era una de las cuatro Estrellas Reales (las otras tres son Formalhaut, astro principal de la constelación del Pez Austral; Aldebarán, de Tauro; y Antares, de Escorpio). Son todas de primera magnitud y se hallan cerca de la eclíptica, formando una gran cruz. Se las tiene por guardianas de los asuntos del cielo y señaladoras de las cuatro estaciones del año solar.


La constelación de Leo. Johannes Bayer, Uranometria (s. XVII)

lunes, 20 de marzo de 2017

Más sobre la primavera

Brotes verdes en la plaza Lesseps (Barcelona), ayer.

Esta primavera ha comenzado con la Luna en conjunción con Saturno. El cuarto menguante lunar indica que el satélite de la Tierra está en cuadratura con el Sol y que sus energías decrecientes no se han sumado, en este inicio de la estación, a las del astro del que recibe su luz. Algo que nos recuerda que la primavera -y la transmutación alquímica- es una "obra del Sol", de un Sol ahora fortalecido por su exaltación en Aries.

A Mercurio podremos verlo poniéndose sobre un horizonte llano durante el crepúsculo vespertino de los últimos días de marzo y los primeros de abril. El resplandor solar ya ha ocultado a Venus, si bien éste transitará con rapidez por su conjunción inferior y reaparecerá como lucero del alba, brillantísmo, a finales de este mismo mes. A Marte lo iremos observando hacia el oeste durante la primera parte de la noche, con un ocaso cada vez más adelantado. El brillo inconfundible de Júpiter nos acompañará constantemente, aunque su puesta cada vez más temprana hará que lleguemos a perderlo de vista durante algunas horas de la noche en junio. Y a Saturno lo veremos emergiendo cada día por el este casi al mismo tiempo que Júpiter culmina en el punto más alto de su trayectoria.